Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Gabriel Benavides Rincón

Bogotá, D.C.

¿Confía, confiar, confianza?

En la imagen dogmática del pensamiento lo pensado se remite siempre a lo previo que es la verdad: es una reproducción, una representación de algo que ya funciona como fundamento primero. Sin embargo, antes de la verdad están, en todo caso, el sentido y el valor que en ella se expresan, y por ello lo importante será la capacidad que tengamos para construir sentido, para crear los valores que expresarán nuestras verdades. La verdad no es, acontece como resultado de un cruzamiento de fuerzas, y es ante todo producción de sentido y de valor (Álvarez, 2007).

Reflexiones y análisis en torno a la reforma de la Ley 30. Datos, hechos, recorridos históricos, perspectivas temáticas, comunicados colectivos, cartas particulares, muchos reenvíos de pronunciamientos, anuncios, convocatorias, informes, notas de reconocimiento, hipervínculos a videos, conferencias, blogs. En fin, información y reflexión no nos faltó.
Por otra parte, percibimos una sensación colectiva de ganancia, y con toda razón pues cuándo -en el pasado reciente- se había visto un ejercicio de ciudadanía -por parte de los jóvenes principalmente- capaz de movilizar mentes, cuerpos e intencionalidades en torno a un objetivo común. Y claro que también es una ganancia generar confianza, reconocer capacidad de convocatoria, congregar voluntades que se suman a una sola voz, sin antagonismos, sin distinciones, sin exclusiones, sin descalificaciones, sin mezquindad.
Pero en nuestra Universidad a la válida alegría inicial le siguió una explosión de situaciones contrarias y contradictorias: a la claridad de trabajar por un objetivo común (no a la reforma) le surgió la niebla de intereses particulares. A la fuerza de una convocatoria en torno al movimiento, le surgió la debilidad de múltiples voces que gritaban para hacerse oír casi como única razón de validez. Al convencimiento compartido de que se estaban buscando bienes mayores (una educación superior de calidad) le surgió la incredulidad sobre las verdaderas intenciones de las múltiples voces que gritaban. Al esfuerzo y las ganas le surgió una cierta apatía inmovilizadora. Al entusiasmo mismo de estar siendo parte de algo histórico, le surgió el cansancio y desgano por volver a “lo mismo que antes”.

También hemos caído en paradojas, por ejemplo: el interés por construir democráticamente nos ha llevado a una especie de anarquía desde la cual nos invalidamos mutuamente; la intención de generar una mayor participación de la comunidad educativa nos ha llevado a descalificarnos y a atomizarnos; la preocupación por mejorar las condiciones de distinto orden en la Universidad nos ha llevado a deteriorar nuestros propios vínculos.

Si hace apenas unos meses nos veíamos un poco más identificados unos con otros en pro de la causa común, lo cierto es que terminamos fragmentados; las tensiones sencillamente han incrementado el conflicto. Así como cuando se quiere desenredar una madeja, halar de los extremos refuerza el nudo; de igual manera las polarizaciones refuerzan el conflicto (interno). Pareciera que los debates entre fines y medios nos avocan a retroceder en el terreno ganado, ¿quién no está de acuerdo en la necesidad de culminar el semestre? ¿quién podría estar en contra de mejores condiciones laborales para los docentes? ¿quién juzgaría valioso que en la nueva ley la Universidad se invisibilice? ¿Cómo no pronunciarse en contra de todas las formas y manifestaciones violencia, de intolerancia y despotismo? Estas y otras pretensiones son válidas y legítimas, podría decirse entonces que algunos fines nos convocan, pero no así los medios. Y en este sentido llama la atención la escasa capacidad de escucha, la ausencia de escenarios de encuentro y de diálogo, el uso de mecanismos de dilación para postergar decisiones y acciones, el manejo de criterios de manera inconsistente y a modo de sofisma de distracción pues lo que servía para defender una determinada postura hace unos días ahora sirve para defender otra bastante diferente, el uso de acciones que por vía de la fuerza (no solo física) solo generan más desconfianza, miedo a hacer uso del legítimo derecho a “pensar en voz alta”, la desligitimización de los interlocutores y las representaciones, han sido algunos de los modos de proceder que nos han dejado en este estrecho camino, en el cual a medida que se avanza y pasan los días el margen de acción se hace más limitado.

Si bien somos conscientes que el compromiso serio y audaz por transformar la educación del país trae consigo costos, podría decirse que a la fecha empezamos a pagar un precio muy alto, hemos pagado a costa de nuestra unidad y confianza sin que por ello avancemos en el propósito mayor: la reforma de la ley y dentro de ella la reivindicación de la profesión docente. Lo que habíamos ganado en cohesión, en diálogo lo hemos venido gastando corriendo el riesgo de seguir pagando costos más altos como desdibujar la participación de la Universidad en la construcción del nuevo articulado de la reforma, o deteriorar aún más las condiciones reales para culminar el semestre, generar mayor detrimento en la vinculación de los docentes, o profundizar nuestras divisiones internas entre otros.
Como lo he expresado en otras ocasiones, no podemos pensar que de lo ya sucedido salimos inermes, sin espinas ni aguijones, todos hemos puesto algo de acuerdo a nuestros recursos, convencimientos, apuestas y compromisos. Y parte de las inquietudes es ¿qué más estamos dispuestos a seguir aportando (o arriesgando)? Por ejemplo, ¿estamos dispuestos a seguir funcionando en medio de las tensiones de decisiones inconsultas, de procedimientos poco claros o de tropeles semanales?, en otras palabras ¿estamos dispuestos a seguir conviviendo en un escenario de mayor fragmentación y desconfianza? Como dice Bauman(2005) nuestro tiempo conspira contra la confianza, ya que “una vez emitida, en nuestros días, busca en vano un lugar donde arraigar”. Infortunadamente hoy desconfiamos casi como medida de protección, pero a su vez  esa desconfianza fractura la comunicación y cualquier posibilidad de encuentro, más aún “en nuestra sociedad, supuestamente adicta a la reflexión, la confianza no recibe gran estímulo”. No nos limitemos entonces, a guiarnos por nuestras convicciones razonadas, porque en este pulso por tener la razón todos seguiremos perdiendo, ya que nadie está dispuesto a “dar el brazo a torcer” sino a insistir en que se posee la verdad (o la autoridad) y por ende le corresponde a los demás cambiar y aceptar dicha verdad (o pensamiento dogmático en términos de Deleuze). Lo cual nos ubica nuevamente en el territorio de la desconfianza. Puesto que la racionalidad moderna nos exige la seguridad de las pruebas no podemos acudir únicamente a ella. Entonces, ¿qué nos congrega con la fuerza suficiente como para hacernos capaces de colaborarnos mutuamente? ¿A quienes consideramos dignos de confiabilidad? ¿Cómo recuperarnos de nuestras desconfianzas? ¿Será que sólo nos queda el refugio de los vínculos más inmediatos y cercanos?
Vuelvo al binomio de creer y crear para pensar, ya que al decir de Deleuze “pensar es siempre pensar de otro modo, y por eso es necesario producir una ruptura con el pensamiento (dogmático) y hacer visible y enunciable otra cosa” (Álvarez, 2007). En estos momentos sería muy valioso creer que podemos crear, que podemos pensar al modo propuesto por Deleuze, no desde el dogmatismo pretencioso de veracidad, sino desde la creatividad capaz de enunciar la novedad.

Así pues, además de las verdades enunciadas, analizadas y reflexionadas durante los meses anteriores, necesitamos construir sentidos y crear valores como telón de fondo para que surjan otras verdades. De ahí que (sin la pretensión de mi parte de pensar) ante el clima de incertidumbre y fragmentación una alternativa que planteo es construir confianza. Ésta es la base de nuestras interacciones personales (y ojalá institucionales), “es posible que la confianza siga siendo una emanación natural de la “soberana expresión de la vida” (Bauman, 2005, 122). Si la situación que vivimos al interior de la Universidad es crítica, no podemos pretender que con “paños de agua tibia” vamos a solucionarla; por eso mismo es que confiar (superando la simple ingenuidad) nos permitiría entablar diálogos, restituir compromisos y sobre todo trabajar en equipo con base en unos mínimos concertados (y confiables).
Hemos de confiar en nuestras capacidades discursivas, requerimos del escenario de la moralidad, donde nos exponemos con toda nuestra humanidad y somos capaces de confiar y de ser confiables. Necesitamos encontrarnos, dejar los monólogos, la intimidación y apelar a la sensatez. La posibilidad de identificar mejores alternativas de acción, no se encuentra en ninguna de las posturas particulares. El ejercicio de la autonomía, es más el de una co-responsabilidad, donde actuamos todos en conjunto y de esta capacidad compartida y colectiva construimos los necesarios acuerdos para avanzar, puesto que la confianza se expresa en las acciones de colaboración en torno a bienes y fines considerados superiores.
Es precisamente desde la incertidumbre –como la que vivimos ahora- donde podríamos generar modificaciones, alteraciones, variaciones al rumbo que hemos tomado, “la incertidumbre es el terreno propio de la persona moral y, por lo tanto, el único en que la moralidad puede arraigarse y florecer” (Bauman, 2005, 125). Una especie de salto al vacío, no como acto suicida ante el sinsentido vital, el dolor, la desesperanza, el hastío en que muchos nos encontramos; sino como acción co-responsable y compromiso de buscar entre todos las mejores alternativas de solución. Es el terreno de la incertidumbre el que invita a pensar, como creación y novedad.
Necesitamos que fluyan las palabras, preferiblemente las que abren puertas, las que extienden manos, las que convocan y acogen. Si parte de nuestra identidad es la educación y consideramos que esta acción tiene como gran acontecimiento el nacimiento del otro (Arendt), entonces las palabras que requerimos son palabras de recibimiento y acogida. Perdemos demasiado si somos menores (de edad) a los conflictos que vivimos, a la fragmentación que todos hemos ayudado a generar, a las “sinsalidas” que se avecinan. Es el momento para que lo mejor de nosotros sea puesto en juego y la mayor humanidad de la que seamos capaces efectivamente nos permita ser educadores y aprendices en la humildad freiriana.
¿Qué garantías tenemos para confiar? Ninguna. No se trata de un negocio. Además, si esas garantías se las pedimos a los demás, en este momento no las hay. Pero ¿qué garantías podemos ofrecer para confiarnos unos a otros? esto queda en la voluntad, inicialmente, de cada uno de nosotros, y luego en la suma de voluntades que nos permitan sentarnos a la mesa para construir. Se trata de “una razón cálida, que sabe de otros; que da confianza y merece la confianza de un discurso cuya primera palabra no es yo sino aquí estoy” (Arnáiz). Confiar en el otro no es descargarnos de nuestras co-responsabilidades, y dejar todo en manos de ese otro (casi anónimo) que decida lo que decida igual le voy a descalificar. No podemos desatendernos del asunto, necesitamos volver a encontrarnos, desbloquear las intenciones, reactivar el movimiento de las voluntades, pues “tener que responder moraliza, así, la situación de una racionalidad vuelta a los demás -no indiferente- y, por eso mismo, la convierte en una razón confiada, cuya categoría de verdad no puede ser otra que la de testimonio” (Arnáiz).

No serán las vías de hecho, ni las normatividades inconsultas, ni la imposición de intereses particulares, ni la tensión en posturas polarizadas las que nos lleven al encuentro de los acuerdos. Serán palabras, aquellas capaces de proponer puntos en común, las intenciones políticas por favorecer nuestra polis, las actitudes éticas en las cuales nuestras moralidades son el elemento fundamental para afrontar nuestra crisis. Recreemos el ágora como escenario de debate plural, abierto, honesto, colaborativo, llenemos nuestra Universidad de sensatez, de pensamiento sentido y de moralidad. Que no nos agobie el cansancio, ni nos desanime la falta de diálogo, ni la sin-salida que estamos generando.

A la pregunta ¿qué hacer? Una posibilidad es confiarnos en serio para generar sentido y crear valores, considerar que si somos capaces y tenemos efectivamente la voluntad de solucionar nuestros conflictos. Dialogar más que descalificar, dialogar abiertamente, reconociendo al otro como un interlocutor válido, con la intención de utilizar las palabras para establecer puentes en lugar de más muros, dialogar “face to face”, sin mediaciones de papeles ni razones, ni comunicados, sino en el encuentro directo donde el otro se puede expresar con su rostro (Levinas), con su voz con su mirada de manera confiable porque intuye que no será objeto de agresión, de distorsión, de manipulación, de negación.
Ante esta situación, cabe preguntarnos (con los términos de los griegos) ¿En dónde está nuestra virtud? ¿En qué somos virtuosos? Pareciera que parte de nuestra virtud es la pedagogía, y tal vez en este momento más que la potencia pedagógica requerimos del acto pedagógico, de las acciones pedagógicas, de las actuaciones pedagógicas y de las actitudes pedagógicas. ¿Qué ha pasado con nuestra potencia como formadores? ¿Estamos en capacidad de generar el acto de constituirnos como una comunidad académica de orden superior? ¿Acaso toda la pedagogía construida desde hace más de cincuenta años solo reposa en páginas enmohecidas?
Esta interacción que construimos a diario entre maestros, alumnos y demás miembros de la comunidad universitaria, se logra gracias a la confianza mutua en medio de la cual nos seguimos conformando, en aras de alcanzar una mayor humanidad (Barcena, Arendt). Nuestra capacidad de confianza forma parte de los recursos más valiosos que tenemos individual y colectivamente para seguir construyendo nuestro proyecto de Universidad. El bien mayor no está en derrotar a un supuesto enemigo (interno) y mucho menos en imponer intereses particulares a toda una comunidad, lo menos favorable es suponer que se tiene la razón y desde esa postura y pretender dia-logar con los otros. Porque sencillamente volvemos a viejas preguntas, como: ¿qué argumentación hace suponer que mi derecho es más valioso que el derecho de los otros?
Las alternativas están en nosotros mismos, en nuestra dote de humanidad que nos permite prepararnos para ocuparnos (es decir pre-ocuparnos), prever, proyectar, anticipar y, por tanto, tomar las decisiones que valoramos como las más justas, pertinentes, consecuentes con los bienes pretendidos. Parece que No somos esclavos de nuestros “bajos instintos”, que podemos tomar distancia de esos impulsos primarios y podemos decidir más allá de nuestras básicas necesidades, en esto radica nuestra capacidad moral, aquí se origina la co-responsabilidad que le da sentido a la libertad. Somos los seres de las posibilidades y no solo de las necesidades. Por tanto tenemos la posibilidad de acciones que pueden ir desde la mayor bondad (para la comunidad) hasta el mayor daño (para la comunidad).
Educadores de nosotros mismos, amantes de la pedagogía, este es nuestro tiempo, este es nuestro reto, aquí está la oportunidad (crisis) de validar nuestros saberes, de compartir nuestras experiencias pero sobre todo de sumar nuestras voluntades con el fin mayor de fortalecer nuestra comunidad. Esta es otra manera de reformar nuestras prácticas, de transformar nuestra cultura particular, de modificar nuestras rutinas que nos atan a pasados tal vez demasiado egoístas. Bienvenida la confianza en y con el próximo, la que nos permite realizar el encuentro que todos anhelamos, en donde nos reconocemos, nos incluimos y nos cuidamos. De seguro estos vínculos confiables son superiores a las voces minoritarias que no dejan expresar la pluralidad y la diferencia; la sinergia de nuestras confianzas bien puede superar las voces altisonantes que no permiten la verdadera participación; ante las actitudes de negación al otro, más confianza y más reconocimiento; ante las vías de hecho, más acciones confiables y encuentros; ante las polarizaciones, más confianza en nosotros, en nuestras cotidianas interacciones, en nuestros acuerdos que tienen sentido y valor, al menos para quienes confiadamente así los establecemos.

Referencias:
Arnáiz, Confianza, en http://www.mercaba.org/DicPC/C/confianza.htm
Enrique Álvarez Asiáin, La imagen del pensamiento en Gilles Deleuze; Tensiones entre cine y filosofía. Revista Observaciones Filosóficas – Nº 5 / 2007. http://www.observacionesfilosoficas.net/laimagendelpensamiento.html
Bauman, Z. 2005. Amor líquido.CFE. México, D.F.
Bárcena, F. y Melich. J.C. 2000. La educación como acontecimiento ético, Ed. Paidós, Barcelona.



escrito el 9 de febrero de 2012 por en General

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